domingo, 26 de agosto de 2007
El laberinto del Fauno
El obstáculo del miedo
Hace muchos, muchos años, en un país muy lejano y triste, existió una enorme montaña de piedra negra y áspera...Al caer la tarde, en la cima de esa montaña, florecía todas las noches una rosa que otorgaba la inmortalidad. Sin embargo, nadie se atrevía a acercarse a ella, pues sus numerosas espinas estaban envenenadas.
Entre los hombres, sólo se hablaba del miedo a la muerte, y al dolor, pero nunca de la promesa de la inmortalidad...
Y todas las tardes, la rosa se marchitaba, sin poder otorgar sus dones a persona alguna. Olvidada y perdida... en la cima de aquella montaña de piedra fría...sola...hasta el fin de los tiempos.
Extraído de El laberinto del fauno de Guillermo del Toro.
Y con éste, ya van dos

Ayer finalmente llegó el frío a Palma. Me asalta al escribir esto un sentimiento de Déjà Vu. Sin embargo, escribo esto sabiendo que no es algo nuevo. Escribo esto sabiendo que ya lo he escrito. Hace alrededor de dos años escribí por primera vez esta entrada, algo que significó para mí un antes y un después.
Por primera vez le daba la espalda al sol, al camino fácil, al que no era yo y decidía mirar los nubarrones, sabiendo, eso sí, que quizá me depararan una hermosa estela de colores.... Somewhere over the rainbow. En cualquier caso era una apuesta fuerte por mí y por lo que YO significaba para mí mismo. Era entrar dentro de mí para buscarme, porque me sentía perdido, y, finalmente salir para poder gritar desde las ventanas que yo también existía...que yo también formaba parte del mundo.
Curiosamente, ese relato repleto de simbolismo, en contra de lo que piensa la gente, ocurrió de verdad...tal cual. No fue una mera invención. Ese día, llegó el invierno a Palma, ese día el sol plantaba la última batalla al mal tiempo en un intento vano por no perder territorio. Ese día pude ver, porque así lo quise, el arco iris... Ese día también fue crucial para mí. Ese día empecé con pie fuerte un camino que sigo recorriendo hoy cada vez más seguro. Esa sonrisa introspectiva fue el primer paso para todos los acontecimientos que vendrían más adelante...
Curiosamente, ayer volvió a ocurrir. Ayer finalmente llegó el frío a Palma. Ayer volví a ver la lucha por la supervivencia del sol agonizante. Cada vez, ganando más terreno temporal y perdiendo la batalla más tarde...ayer, ya era diciembre. Ayer volví a buscar el arco iris...esta vez con más seguridad, sabiendo que era cuestión de tiempo encontrarlo...y finalmente lo volví a ver.
De hecho se ha convertido en una constante en mi vida, en un compañero inanimado de viaje, que me recuerda quién soy, porque en el fondo soy parte de él. Como también soy parte de las nubes que lo acompañan y del sol receloso que les planta batalla.
Una vez leí un cuento de un poblado en el que la gente decía tener la edad de lo que realmente había vivido...la edad correspondiente al tiempo en el que se había sentido viva. Supongo, que en el fondo, es hoy cuando entiendo perfectamente su significado.
Hace dos años, dejé caer mi primera alegoría con un sentimiento de inseguridad, de miedo, que, como posteriormente descubrí, no me va a abandonar jamás. Hoy, escribo estas palabras para celebrar mis dos años de vida...
Palma, 7 de diciembre de 2006
Las manchas de luz

Hace días que está muy nublado y que no logro ver el sol por Palma. Es una verdad universal conocida por todos que los meteorólogos no aciertan nunca y me pregunto si no será verdad aunque aparentemente no se hayan equivocado.
Otra cuestión que me pregunto hoy es si tiene sentido controlar el tiempo. Supongo que está en nuestra naturaleza temer lo que no podemos controlar, lo que se nos escapa de las manos, lo que no depende únicamente de nosotros y por ello tratamos de controlarlo todo. Para sentir con menos intensidad ese miedo.
En general solemos apreciar los días soleados, con temperatura templada. Vivimos esperando sentir esos días por siempre y supongo que no estamos muy preparados para los días de lluvia. Y, aunque uno haya pasado meses de diluvio, no se acostumbra a ello por más que lo intente y anhela los días soleados con todo su ser. Pero también es una realidad universal que no siempre hace buen tiempo, y que aferrarse a esos días soleados no es bueno. El tiempo cambia, siempre cambia y eso no depende de nosotros...tenemos que aprender a llevar siempre el paraguas, por si acaso, aunque parezca imposible que pueda llover.
Lo cierto es que yo he vivido con mucha intensidad esos días soleados que han pasado por mi vida, y en esos días incluso me daba igual que el cielo no estuviera despejado del todo, me daba igual que existieran nubes, porque esas nubes no me impedían poder mirar al sol a los ojos.
Todo el mundo dice que mirar al sol causa ceguera... Yo he comprobado que no es del todo cierto.. No causa ceguera, simplemente lo que se ve es diferente. La realidad que se observa no es la misma. En un momento puedes perderte en su luminosidad y cuando apartas la mirada sólo alcanzas a ver la imagen grabada que te dejó. La intensidad de su fuego es tan grande que cuesta muchísimo deshacerse de la visión que provoca. Pero si no has estado expuesto indefinidamente, la vista se recupera y las manchas de luz desaparecen. Puedes volver a ver lo que todo el mundo ve, aunque esto no quiere decir que sea mejor. De hecho sé que mucha gente decide vivir sus vidas mirando al sol siempre, aunque su “ceguera” se torne irreversible. Suerte por ellos, afortunados son.
En cualquier caso, la visión del sol en mis ojos no ha resultado desagradable. Todo lo contrario, se aprende a ver más allá de las cosas. Perderme en su luz ha sido la experiencia más bonita de mi vida. Una experiencia que no podré olvidar por mucho que lo intente. Supongo que las manchas de luz regresarán de vez en cuando, son difíciles de olvidar, pero en cierto sentido me siento afortunado porque esa manchas de luz que dejó grabadas en mis ojos eran de color verde, verde esperanza.
La gente dice que mirar al sol causa ceguera.
Pero...¿no se dice también que no hay mayor ciego que el que no quiere ver?
sábado, 25 de agosto de 2007
Amor, Amor, Amor...sin condiciones
Negra Sombra
Y a veces me pregunto... ¿Qué es la luz, sin la sombra?

Cando penso que te fuches
Negra sombra que me asombras
Ó pé dos meus cabezales
Tornas facéndome mofa.
Cando máxino que es ida
No mesmo sol te me amostras
I eres a estrela que brila
I eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas
Si choran, es ti que choras
I es o marmurio do río
I es a noite i es aurora.
En todo estás e ti es todo
Pra min i en min mesma moras
Nin me deixarás ti nunca
Sombra que sempre me asombras.
Rosalía de Castro
Mientras espero que amanezca

He pasado cientos de veces por el mismo lugar. A diferentes horas, en diferentes condiciones. Normalmente lo hago casi a diario, a última hora de la tarde cuando el sol cae detrás de la Tramuntana inundando de un color rojizo la bahía de Palma hasta que se pierde en la lejanía. Me resulta bello observar la caída de la tarde desde ciudad jardín, cuando el mar, cosa bastante común últimamente, se halla plácidamente en calma y únicamente suaves ondulaciones difuminan la imagen perfectamente reflejada del cielo.
Si te sientas a observar, tienes la sensación de que el sol no se va a ir nunca, que tardará mucho tiempo antes de que desaparezca, aunque cuando se acerca a la línea del horizonte es como si tomara impulso, desapareciendo rápidamente.
Cuando el sol finalmente se esconde, es como si el mar se enfadase y el nacimiento de la marea empieza a generar un movimiento inexistente hasta ese momento, transcurriendo todo en cuestión de minutos. La creación de las olas como por arte de magia, como por antojo del mar que se queja al llegar la noche y perder su azul turquesa y llenarse de oscuridad resulta algo maravilloso que, simplemente, merece la pena observar. Es como su despertar. Como si la luz apaciguara el mar como si fuera un niño que es acariciado por sus padres y que, al dejar de sentir su proximidad, se despertase y se agitase en señal de protesta.
La oscuridad empieza sentirse y su combinación con el ruido de las olas al golpear las rocas te sumergen en sentimientos contradictorios sobre tu humilde papel en el escenario que se desarrolla a tu alrededor.
En esos momentos, la individualidad se exalta y los sentimientos de soledad y nostalgia se magnifican y lo impregnan todo, aunque no importa porque tú eres una pieza prescindible y sin importancia allí en medio.
Entonces sucede que me levanto y vuelvo a casa.
Algún día veré el fenómeno opuesto. Veré como el sol vuelve a acariciar al mar, como si fuera el padre que se levantara medio adormilado tras escuchar a su hijo lamentarse por su ausencia, y veré como el mar, lentamente se calma al volverse a sentir acariciado, y sonríe a través de su intenso color.
En esos momentos quizá también aparezcan los sentimientos opuestos y la soledad y la nostalgia remitan al sentir el calor del sol, y quizá el amanecer en mi vida se convierta en una experiencia única e irrepetible.
Octubre 2005
ACQUA
Para aquellos que no son como los demás...

En el pueblo del padre de Susi decían algo así como que el hombre que no sabe bailar y no sabe nadar, no sabe follar. ¿O lo decían de la mujer? En cualquier caso, a Susi la experiencia en el campo amoroso le ha demostrado que la proposición es cierta, y por razones obvias. En las tres actividades se necesita coordinación, ritmo y resistencia. Bailar es una actividad sexual, es la antesala o la metáfora del sexo. Nadie lo duda, y, de hecho, en los primeros asentamientos calvinistas el baile estaba prohibido, de la misma manera que cinco siglos después se prohibió que las cámaras de televisión retransmitieran los movimientos de cadera de Elvis Pelvis. Al fin y al cabo, etimológicamente, rock & roll significa follar. O eso significaba en slang negro de los años treinta.
Nadar también es un acto sexual, aunque a nadie le parezca tan obvio. Que Susi sepa, nadie ha prohibido la natación por considerarla un acto susceptible de provocar escándalo público. Pero el subconsciente colectivo está lleno de imágenes relacionadas con el agua. La inmersión en el agua significa la regresión a lo preformal, y de ahí que la idea del agua, del bautismo, implique tanto la Muerte como el Renacimiento. Algo así como que el hombre viejo muere por inmersión en el agua y da lugar a uno nuevo, regenerado. El Mito de las Aguas de la Muerte es tan antiguo como el hombre y se explotó en numerosas versiones por la tradición judía, ya se sabe: el Diluvio, la Ballena de Jonás, el Dragón Behemoth que habitaba en el Jordán... siempre el agua como cambio, como paso de un estadio a otro (Susi lee mucho, quizá para compensar lo rutinario de su trabajo). Al fin y al cabo, venimos del agua, no del polvo. Durante nueve meses nadamos en agua, y cuando finalmente llegamos al mundo exterior, lo hacemos arrastrados por una corriente de agua, la contenida en el vientre de nuestra madre para proporcionarnos un entorno seguro y acogedor. En cierto modo, todos somos anfibios. O lo hemos sido.
La gente acostumbrada a nadar en mar abierto podría confirmar que se trata de una de las experiencias más sensuales que existen, y que muchas veces el placer que proporciona supera al del verdadero acto sexual, porque, seamos realistas, el acto sexual no siempre es placentero, y muchas veces se convierte, al menos para Susi, en un auténtico aburrimiento, por no decir tortura. Y, en otras ocasiones, aunque no sea tan horrible, tampoco es maravilloso. No es más que una especie de compensación: algo que se intercambia por afecto, compañía o amistad.
Como el sexo, el ejercicio físico exige una cierta resistencia al cansancio y al dolor. Como en el sexo, superado cierto umbral el dolor y el placer se confunden. De la misma manera que a la mañana siguiente de un buen polvo Susi es incapaz de recordar cómo demonios pudieron hacerle todos esos cardenales, la tarde que sigue a la mañana en la que ha nadado varios kilómetros Susi no alcanza a comprender por qué tiene tamañas agujetas, si lo cierto es que cuando nadaba no se sintió cansada en ningún momento. Normalmente, sólo se siente mal en el momento en el que pisa la playa. Es entonces cuando advierte que se ha excedido. Pero no le importa. El mar es su amante. Y estaría dispuesta a morir por él.
El mar le acaricia todo el cuerpo como ningún ser humano podrá hacerlo nunca. La acoge, la nvuelve y la tranquiliza. La balancea, la arrastra, juega con ella. Le lame los pezones y consigue ponérselos de punta mientras las olas le besan todo el cuerpo, y a cada patada que Susi da para avanzar, el agua que viene y va se desliza entre las piernas como la lengua de un amante experto. La mima, la duerme, la saca de sí misma (el cansancio y el efecto narcótico del agua le hacen trascender más allá de su propio cuerpo) y la vuelve a llevar hasta ella misma, a lo que era antes de nacer, antes de que el mundo la convirtiera en un ser perverso y socializado, más preocupado por la opinión de los otros que por sus propios y básicos deseos.
Desgraciadamente el mar es un amante caprichoso, que no se deja seducir en invierno. A partir de septiembre se muestra irascible y frío y no la deja entrar en él. Susi sabe que podría arrastrarla en una de sus mareas, vapulearla airado y luego lanzarla contra el rompeolas igual que un niño enfadado con su madre estamparía un juguete contra la pared. Sabe que podría matarla, congelándola. Sabe que es neurótico y ciclotímico y que necesita tiempo para sí mismo. Se lo concede porque lo ama y por tanto lo respeta, así que en invierno nada en una piscina.
Pero la piscina, pese a ser una amante atenta y servicial, nunca será su primer amor. En primer lugar es sosa y predecible. No es vivaz ni imaginativa, no propone nuevos juegos, no sorprende con reacciones inesperadas, no hace vibrar con cambios en el humor o la calentura. Su superficie es siempre lisa y uniforme, su temperatura constante. Y, para colmo, es limitada. Cuando Susi mira a su alrededor, entre largo y largo, no se siente, como en el mar, rodeada por una inacabable manta azul; al contrario, siempre se encuentra con esas horribles cuatro fronteras de hormigón que le recuerdan que todo su juego se va a limitar a nadar cincuenta metros y deshacer el camino andado, nadar cincuenta metros y deshacer el camino andado, nadar cincuenta metros y deshacer el camino andado, y así hasta que Susi dé por terminada la sesión y se despida de su pequeña prostituta (porque, por mucho que la avergüence reconocerlo, no tiene más remedio que admitir que está obligada a pagar por entrar en ella), satisfecha pero no saciada, y, desde luego, jamás enamorada. Nunca será lo mismo nadar en ese sucedáneo aséptico y controlado que hacerlo en mar abierto.
Follar por necesidad, en una relación constrictiva y limitada, es muy diferente a hacerlo por amor, en un acto libre. Susi teme a su amante en la misma medida en que lo ama. Confía en él en la misma medida en que lo teme. Teme el día en que pueda cambiar, puesto que la tiene a su merced, y Susi depende de que él se mantenga como es, que siga siendo la brújula que la guía. El día en que, por la razón que sea, deje de serlo, estará perdida. Y lo sabe.
Porque cuando está dentro de él le pertenece. Y si él decide cambiar de humor, si decide sorprenderla con una marea repentina, un oleaje imprevisto o un remolino inesperado, la tendrá a su merced. Por eso el mar es su verdadero amor, y no la triste piscina. Porque no existe el amor sin entrega y sin riesgo.
Lucía Etxebarría - Extraído de Nosotras que no somos como las demás
Entendiendo la palabra amistad

- [...]Puedo imaginarte ahí sentada, sola con tu vestido de color lavanda...
- ¿Te había dicho que mi vestido era así?
- El pelo recogido y sin probar la tarta. Seguramente tamborileando con tus uñas sobre el mantel blanco de lino, como sueles hacer cuando te sientes realmente hundida, puede que incluso mirándote las uñas y pensando “Dios...tenía que haber parado todo este malvado complot para hacerme la manicura, pero ya es tarde".
- George, yo no te dije que mi vestido era de color lavanda...
- De pronto, una canción familiar y... te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote, buscando, husmeando el aire como un ciervo moteado. ¿Acaso Dios ha oído tu pequeña plegaria? ¿Volverá a bailar Cenicienta? Y entonces, de repente, la multitud se aparta y ahí está él, elegante, con estilo, radiante de carisma. Curiosamente está al teléfono, pero en fin, tú también. Y él va hacia ti, con los andares de un gato salvaje y aunque tú acertadamente sientes que es... gay, como lo son la mayoría de los solteros arrolladoramente guapos de su edad, piensas: “¡Qué demonios!, la vida sigue, quizá no habrá matrimonio, quizá no habrá sexo, pero por Dios seguro...¡que habrá baile!”.
Extraído de La boda de mi mejor amigo
Haciendo el amor con los sentidos

Respiro intensamente y el aroma del salitre me llena los pulmones. La brisa cálida de la tarde logra refrescar mi piel rescantando de ella pequeñas perlas de humedad adherida a la misma como si siempre hubieran estado ahí presentes. La luz lo envuelve todo, me hace vibrar al ritmo de las enloquecidas olas que bailan un extraño vals de sentimientos que satisface la sonoridad del vacío. La intensidad del momento me fuerza a salir de mí mismo y a dejar atrás ciertas lacras impuestas. El tiempo corre cada vez más deprisa y cada vez más lento en un intento vano de percibir todo lo que me rodea, al mismo tiempo de que perdure el recuerdo en la memoria. La arena y el mar se agitan íntimamente logrando que un ligero hormigueo me recorra el cuerpo desde los pies. Me siento lleno y al mismo tiempo desnudo. Me siento feliz y a la vez cansado como si finalmente hubiera encontrado mi camino después de llevar días perdido y aún así, supiera que todavía me queda mucho recorrido por delante.
Finalmente exhalo el aire retenido y el aliento salado que me abandona resuena como una súplica al aire que pide un nuevo contacto.
Abril 2006
TE ESPERARÉ

20 de octubre de 1990
Estimado Juanjo:
¿Sabes lo que pasa cuando uno escribe una carta sin saber si escribirla? Pues sucede como cuando uno se enamora de alguien y no sabe si se debe enamorar: cuanto más te empeñas en buscar una razón por la que continuar; más te convences de que la razón es el propio acto, la carta o el amor. No hay nada que tenga menos sentido que escribir una carta cuando no es necesaria; no hay nada que tenga menos sentido que amar cuando no se sabe por qué. Al tiempo, no hay nada más bello que escribir cartas por el mero deleite de recrearse en la palabra, ni amar a una persona. Estudiar latín o cualquier lengua muerta es inútil (en la acepción más estricta, la de no-útil), como escribir o amar sin sentido. Yo, que me caracterizo por estudiar latín, por escribir y amar sin sentido, me he dado cuenta de que las cosas más bellas a este lado de la eternidad son aquellas que se hacen sin esperar recompensa. Y cuando esos asuntos, además, son inevitables, se convierten en el pilar fundamental de una personalidad que, pese a carecer de causas, es mucho más coherente que las personalidades racionalmente predispuestas.
Las cartas, como las hojas de los árboles, se desprenden de su origen y empiezan a formar parte de su destino: un suelo para las hojas caídas o para las cartas. Se escribe cuanto se sabe, el otro sabe cuanto has escrito, pero hay algo más: hay una pátina que impregna a ambos de una disolución difícil de catalogar, más próxima al amor que a la complicidad, que raya casi en el erotismo. Escribir una carta es hacer el amor con uno mismo, conociéndose más que antes, y dar placer a otro que comparte con uno el mismo objetivo: hacer suyo lo mío, hacer mío lo suyo.
¿Sabes lo que pasa cuando escribes una carta que no sabes si escribir? Sucede que pones en ella lo más real, lo más profundo, lo que de verdad es, porque nunca piensas si llegarás a mandarla y, si lo haces, ya has olvidado que el contenido es mucho más importante de lo que el paso del tiempo te ha permitido recordar. Las cartas que no sabes si debes escribir acaban convirtiéndose en una declaración de principios más seria de lo que un legajo pudiera ser, porque nadie podrá reprocharte que esa carta forma parte de ti. En las cartas pensadas y obligadas, las que hay que escribir; se cuentan cosas que nos sucede a nosotros, pero nunca las cosas que nos suceden en nosotros. Sin embargo, las cartas ociosas, las que se escriben porque sí, las que se escriben a solas, relatan el propio discurrir de nuestro desarrollo humano, los pensamientos más íntimos, ensalzados más si cabe por la aparente ausencia de contenido. Las buenas cartas son las que chorrean sangre porque sobre el papel hemos dejado, sin quererlo, caer nuestras vísceras calientes. Es peligroso, nadie lo niega, porque entonces el destinatario se convierte en parte de ti, casi indisoluble, pero no es menos cierto que este acto casi religioso, esta comunión especialísima de jugos intelectuales y, sobre todo, sentimentales, se convierte en un sistema inextricable en el que una ruptura en la relación entre ambas partes puede ser calificada de sacrilegio y debe ser condenado al más silencioso de los olvidos.
Y te cuento esto porque he escrito una carta como aprendí latín, por gusto, y lo seguiré haciendo mientras siga amando como hasta ahora, sin sentido pero sin remedio, al destinatario de esta misiva, que no es más que una declaración de princcipios inundada de una esencia original, como el pecado, de la que deseo participes como en la vida, con soltura y vigor, porque no hay otra forma de comprenderlo. Escribir una carta como esta es peligroso, no lo dudo, como es peligroso dormir a la intemperie completamente desnudo en una noche del más crudo invierno: cuando despiertes de ese sueño, si no has muerto tras noche tan fría, serás un héroe; si no sucumbes después de escribir (y enviar) una carta como ésta, también serás un héroe. Los héroes, a veces, terminan muriendo de la forma más absurda, de la misma manera que aman, aprenden latín o escriben y envían cartas como ésta en silencio; a pesar de eso, nadie les cuestionará su condición de héroes. Por cierto, ¿sabes lo que pasa cuando se escribe una carta que no se sabe si debe escribir?
Antonio Menéndez
Extraído de Te esperaré, de Tomás Ortiz.
SOGNI

He soñado que en esta madrugada
acaricio tu cuerpo en la penumbra
y la luz de tus ojos me deslumbra
más que el fulgor feliz de la alborada.
He soñado también que con ternura
acaricio tu miembro palpitante
y que tus labios, fuentes de dulzura,
calman mi sed de besos escalante.
Yo no sé si tu sueñas igualmente
que este amor que maldice tanta gente
trasciende las fronteras espirituales.
No lo sé, pero sueño que en tus sueños
tu sueñas que los dos somos los dueños
del amor y el placer homosexuales...!
Julio Escobar
Ayer encontré el arco iris
A veces se dan pasos de gigante sin que uno mismo se dé cuenta

Ayer finalmente llegó el frío a Palma. Me pilló desprevenido por la mañana de camino al trabajo. Toda la mañana estuvo lloviendo y en algún momento que tuve que salir de la oficina me calé hasta los huesos. Sin embargo, cuando salí de vuelta a casa lucía el sol. Aunque se vieran a lo lejos los nubarrones, donde yo me encontraba lucía ese maravilloso sol suave de la media tarde que me reconfortaba.
Por el camino, abrí la ventanilla del coche para poder sentir el viento fresco del otoño y me di cuenta de que unas pequeñas gotas me mojaban la cara incluso estando el cielo aparentemente despejado donde me hallaba....Pensé que era uno de esos días en los que puedes encontrar el arco iris y me dio pena que el camino hacia mi casa quedara en la dirección en la que te encuentras al sol de frente.
En un instante decidí no tomar la salida de la autopista que iba hacia casa y tomar la siguiente y de paso ver de nuevo el mar, hace ya mucho tiempo que no hablo con él y sólo lo tengo a dos pasos. No podéis imaginar la sorpresa tan grande que me llevé cuando, finalmente de camino a casa, después de saludar al mar y dándole la espalda a ese maravilloso sol, vi el arco iris naciendo de entre las nubes, a lo lejos. Ahí estaba esa maravillosa y rara creación de la luz, esperándome a mí y a todos los que quisieran detener por un instante su camino y contemplarlo. Dibujé en mi rostro una sonrisa sólo para mí, para nadie más.
Ayer finalmente busqué el arco iris...y lo encontré.
Hoy pienso...¿Cuántas veces nos quejamos de no verlo y no somos capaces de salir a buscarlo?
En Palma, a 3 de noviembre de 2004
¿Y si ese día fuera hoy?

Últimamente me levanto agitado de la cama entre pesadillas que son mitad realidad y mitad sueño. No puedo controlar mi mente y cuando manda el inconsciente, éste me lleva hacia lugares tormentosos reviviendo mis peores recuerdos.
Vuelvo a tener pesadillas...algunas son anhelos del alma que no puedo cumplir...otras se refieren a palabras encadenadas formando frases que me atormentan...algunas las digo yo...otras las escucho de otros labios. Ambas igual de macabras, igual de hirientes para mí.
Control...si no puedo controlar el mundo que se forma en mi mente, ¿cómo voy a controlar el mundo a mi alrededor? Aunque pensándolo bien siempre he pensado que nosotros somos nuestros peores enemigos... porque la gente tiene una capacidad limitada para hacerte daño, muchas veces depende de lo que tú les has permitido en un momento dado, de una capacidad que les has otorgado tú mismo. Pero tú...tú tienes un poder ilimitado para herirte, para hacerte daño y para abandonarte...
Supongo que la mayoría de mis sentimientos reflejados en el mundo de la ficción de mi mente se pueden resumir básicamente en una palabra: miedo. Sí, miedo. Puede parecer extraño...puede parecer raro...porque ya no tengo 4 años para pensar en el miedo.
Supongo que los fantasmas cambian...pero todos tenemos miedo. En la niñez es un monstruo que se esconde bajo la cama o en el armario...aunque dependiendo de cómo haya sido tu niñez se pueden desarrollar otros miedos que no deberías tener y que te pueden acompañar hasta la vida adulta. Más tarde, el miedo se torna más tangible, puede materializarse en forma de matón de instituto o en forma de un examen de matemáticas que te provoca ansiedad anticipada...pero los peores miedos son aquellos que no se tocan, los que están allí, en tu soledad, son propios y casi siempre dependen de ti mismo...el miedo al fracaso, el miedo a la soledad, el miedo a la pérdida...
Lo peor es que si identificas tus miedos y los analizas en profundidad... a través de ellos puedes hacerte un retrato de cómo eres, un verdadero autorretrato, ¿y verdad que es fácil saber a lo que le tiene miedo uno? Ahora bien...si lo haces...debes atenerte a las consecuencias. Puede que haya cosas que no te gusten y que están ahí.
Lo mejor es que algunos miedos pueden tener solución más o menos rápida y eficaz si se analizan las consecuencias que se derivan de ellos...sólo hace falta algo de valor para enfrentarse a ellos y valorar las consecuencias de ese enfrentamiento, puede ser que nos sorprendamos y esas consecuencias no sean tan graves como en un principio nos pueda parecer...vamos, que puede que merezca la pena enfrentar ese miedo, esa situación, ese hecho si vemos lo que realmente podemos perder al hacerlo.
Hay una escena en una de mis películas favoritas que me encanta. La película en cuestión es Lo que el viento se llevó. En la escena, Escarlata se queja entre pesadillas y Rhett la despierta. Escarlata todavía medio en el mundo de sus pesadillas le confiesa a Rhett que sueña que busca algo y que no sabe lo que es, incluso le llega a preguntar si cree que algún día podrá soñar que lo encuentra. Rhett mientras la abraza le susurra que los sueños no funcionan así, que cuando se halle tranquila y segura las pesadillas simplemente desaparecerán...y que en ese momento él se encarga de proporcionarle esa seguridad. Para mí es una de las escenas con más carga romántica de la película, una escena de amor de extremada sensibilidad de esas que no se valoran en su justa medida. Lo que me llama más la atención de la escena es que se refleja una realidad de la que no siempre somos conscientes. En esa película, antes de ver esa escena nadie diría que Escarlata le tiene miedo a nada. Es una mujer decidida, con mucho carácter, que casi siempre se sale con la suya porque se enfrenta a la vida mirándola a los ojos sin apartar la mirada ni achicarse...y con esa escena el espectador se acerca no sólo a la realidad de Escarlata sino a la realidad de las personas... no existe nadie, ni siquiera la personificación de la seguridad y la confianza, que en su fuero interno no guarde algo de miedo.
Si bien es verdad que sería bonito enfrentarse a miedos mutuos con alguien a tu lado, yo no espero que nadie me ayude a ello, ni que me aporte ningún tipo de estabilidad que haga que pueda olvidarme de mis cadenas...creo que realmente eso es algo que debe hacer uno mismo, algunas veces necesitaremos de algún empujón, pero en definitiva los grandes pasos de nuestra vida, los vive uno dentro de su soledad, y consisten en enfrentamientos internos de tus voluntades y en vivir con las decisiones que uno toma siempre con la inseguridad de si está acertando y si en un futuro más o menos lejano miraremos hacia atrás y podremos estar orgullosos de nuestra vida sin lamentar nada, contentos con nuestra trayectoria, habiendo vivido una existencia plena a nuestro entender y sin tener necesidad de querer cambiar nada del pasado.
El gran enemigo de todo, de enfrentar tus miedos, de analizar tus sentimientos, de tomar decisiones...es el tiempo. Muchas veces se nos agota, tenemos la sensación de que el tiempo se va... un bien escaso, precioso, que no se puede canjear. Pero la mayoría de las veces somos nosotros quienes dejamos que éste se vaya y la inactividad en el tiempo resulta una trampa sutil en la que casi siempre caemos. Curiosamente caemos en la idea contraria...en pensar que ya habrá tiempo más adelante. El “ya lo pensaré mañana” de Escarlata O’hara es un gran ejemplo de ello hasta que ella misma se da cuenta de que debe enfrentarse inevitablemente a sus problemas. El “día a día” y la rutina nos convierten en esclavos del tiempo, aparcando nuestras grandes decisiones y proyectos...hasta que prácticamente nos es imposible postergarlos, esperando de alguna forma, que no sea demasiado tarde.
Por eso el título de mi espacio. ¿Qué sucedería si pusiera en una lista todo eso que quiero conseguir en mi vida e intentara realmente conseguirlo mediante hechos? ¿Qué pasaría si de repente tuviera que enfrentarme a mis miedos y a los hechos inevitables a los que, más tarde o más temprano, sé que debo enfrentarme? ¿Qué pasaría si eliminara el “ya lo pensaré mañana” de mi rutina?.... ¿Y si ese día fuera hoy?
Quizás de esta forma las pesadillas, simplemente, desaparezcan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

