sábado, 25 de agosto de 2007

Mientras espero que amanezca







He pasado cientos de veces por el mismo lugar. A diferentes horas, en diferentes condiciones. Normalmente lo hago casi a diario, a última hora de la tarde cuando el sol cae detrás de la Tramuntana inundando de un color rojizo la bahía de Palma hasta que se pierde en la lejanía. Me resulta bello observar la caída de la tarde desde ciudad jardín, cuando el mar, cosa bastante común últimamente, se halla plácidamente en calma y únicamente suaves ondulaciones difuminan la imagen perfectamente reflejada del cielo.

Si te sientas a observar, tienes la sensación de que el sol no se va a ir nunca, que tardará mucho tiempo antes de que desaparezca, aunque cuando se acerca a la línea del horizonte es como si tomara impulso, desapareciendo rápidamente.

Cuando el sol finalmente se esconde, es como si el mar se enfadase y el nacimiento de la marea empieza a generar un movimiento inexistente hasta ese momento, transcurriendo todo en cuestión de minutos. La creación de las olas como por arte de magia, como por antojo del mar que se queja al llegar la noche y perder su azul turquesa y llenarse de oscuridad resulta algo maravilloso que, simplemente, merece la pena observar. Es como su despertar. Como si la luz apaciguara el mar como si fuera un niño que es acariciado por sus padres y que, al dejar de sentir su proximidad, se despertase y se agitase en señal de protesta.

La oscuridad empieza sentirse y su combinación con el ruido de las olas al golpear las rocas te sumergen en sentimientos contradictorios sobre tu humilde papel en el escenario que se desarrolla a tu alrededor.

En esos momentos, la individualidad se exalta y los sentimientos de soledad y nostalgia se magnifican y lo impregnan todo, aunque no importa porque tú eres una pieza prescindible y sin importancia allí en medio.

Entonces sucede que me levanto y vuelvo a casa.

Algún día veré el fenómeno opuesto. Veré como el sol vuelve a acariciar al mar, como si fuera el padre que se levantara medio adormilado tras escuchar a su hijo lamentarse por su ausencia, y veré como el mar, lentamente se calma al volverse a sentir acariciado, y sonríe a través de su intenso color.

En esos momentos quizá también aparezcan los sentimientos opuestos y la soledad y la nostalgia remitan al sentir el calor del sol, y quizá el amanecer en mi vida se convierta en una experiencia única e irrepetible.



Octubre 2005

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