
20 de octubre de 1990
Estimado Juanjo:
¿Sabes lo que pasa cuando uno escribe una carta sin saber si escribirla? Pues sucede como cuando uno se enamora de alguien y no sabe si se debe enamorar: cuanto más te empeñas en buscar una razón por la que continuar; más te convences de que la razón es el propio acto, la carta o el amor. No hay nada que tenga menos sentido que escribir una carta cuando no es necesaria; no hay nada que tenga menos sentido que amar cuando no se sabe por qué. Al tiempo, no hay nada más bello que escribir cartas por el mero deleite de recrearse en la palabra, ni amar a una persona. Estudiar latín o cualquier lengua muerta es inútil (en la acepción más estricta, la de no-útil), como escribir o amar sin sentido. Yo, que me caracterizo por estudiar latín, por escribir y amar sin sentido, me he dado cuenta de que las cosas más bellas a este lado de la eternidad son aquellas que se hacen sin esperar recompensa. Y cuando esos asuntos, además, son inevitables, se convierten en el pilar fundamental de una personalidad que, pese a carecer de causas, es mucho más coherente que las personalidades racionalmente predispuestas.
Las cartas, como las hojas de los árboles, se desprenden de su origen y empiezan a formar parte de su destino: un suelo para las hojas caídas o para las cartas. Se escribe cuanto se sabe, el otro sabe cuanto has escrito, pero hay algo más: hay una pátina que impregna a ambos de una disolución difícil de catalogar, más próxima al amor que a la complicidad, que raya casi en el erotismo. Escribir una carta es hacer el amor con uno mismo, conociéndose más que antes, y dar placer a otro que comparte con uno el mismo objetivo: hacer suyo lo mío, hacer mío lo suyo.
¿Sabes lo que pasa cuando escribes una carta que no sabes si escribir? Sucede que pones en ella lo más real, lo más profundo, lo que de verdad es, porque nunca piensas si llegarás a mandarla y, si lo haces, ya has olvidado que el contenido es mucho más importante de lo que el paso del tiempo te ha permitido recordar. Las cartas que no sabes si debes escribir acaban convirtiéndose en una declaración de principios más seria de lo que un legajo pudiera ser, porque nadie podrá reprocharte que esa carta forma parte de ti. En las cartas pensadas y obligadas, las que hay que escribir; se cuentan cosas que nos sucede a nosotros, pero nunca las cosas que nos suceden en nosotros. Sin embargo, las cartas ociosas, las que se escriben porque sí, las que se escriben a solas, relatan el propio discurrir de nuestro desarrollo humano, los pensamientos más íntimos, ensalzados más si cabe por la aparente ausencia de contenido. Las buenas cartas son las que chorrean sangre porque sobre el papel hemos dejado, sin quererlo, caer nuestras vísceras calientes. Es peligroso, nadie lo niega, porque entonces el destinatario se convierte en parte de ti, casi indisoluble, pero no es menos cierto que este acto casi religioso, esta comunión especialísima de jugos intelectuales y, sobre todo, sentimentales, se convierte en un sistema inextricable en el que una ruptura en la relación entre ambas partes puede ser calificada de sacrilegio y debe ser condenado al más silencioso de los olvidos.
Y te cuento esto porque he escrito una carta como aprendí latín, por gusto, y lo seguiré haciendo mientras siga amando como hasta ahora, sin sentido pero sin remedio, al destinatario de esta misiva, que no es más que una declaración de princcipios inundada de una esencia original, como el pecado, de la que deseo participes como en la vida, con soltura y vigor, porque no hay otra forma de comprenderlo. Escribir una carta como esta es peligroso, no lo dudo, como es peligroso dormir a la intemperie completamente desnudo en una noche del más crudo invierno: cuando despiertes de ese sueño, si no has muerto tras noche tan fría, serás un héroe; si no sucumbes después de escribir (y enviar) una carta como ésta, también serás un héroe. Los héroes, a veces, terminan muriendo de la forma más absurda, de la misma manera que aman, aprenden latín o escriben y envían cartas como ésta en silencio; a pesar de eso, nadie les cuestionará su condición de héroes. Por cierto, ¿sabes lo que pasa cuando se escribe una carta que no se sabe si debe escribir?
Antonio Menéndez
Extraído de Te esperaré, de Tomás Ortiz.

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