
- [...]Puedo imaginarte ahí sentada, sola con tu vestido de color lavanda...
- ¿Te había dicho que mi vestido era así?
- El pelo recogido y sin probar la tarta. Seguramente tamborileando con tus uñas sobre el mantel blanco de lino, como sueles hacer cuando te sientes realmente hundida, puede que incluso mirándote las uñas y pensando “Dios...tenía que haber parado todo este malvado complot para hacerme la manicura, pero ya es tarde".
- George, yo no te dije que mi vestido era de color lavanda...
- De pronto, una canción familiar y... te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote, buscando, husmeando el aire como un ciervo moteado. ¿Acaso Dios ha oído tu pequeña plegaria? ¿Volverá a bailar Cenicienta? Y entonces, de repente, la multitud se aparta y ahí está él, elegante, con estilo, radiante de carisma. Curiosamente está al teléfono, pero en fin, tú también. Y él va hacia ti, con los andares de un gato salvaje y aunque tú acertadamente sientes que es... gay, como lo son la mayoría de los solteros arrolladoramente guapos de su edad, piensas: “¡Qué demonios!, la vida sigue, quizá no habrá matrimonio, quizá no habrá sexo, pero por Dios seguro...¡que habrá baile!”.
Extraído de La boda de mi mejor amigo

No hay comentarios:
Publicar un comentario