
Respiro intensamente y el aroma del salitre me llena los pulmones. La brisa cálida de la tarde logra refrescar mi piel rescantando de ella pequeñas perlas de humedad adherida a la misma como si siempre hubieran estado ahí presentes. La luz lo envuelve todo, me hace vibrar al ritmo de las enloquecidas olas que bailan un extraño vals de sentimientos que satisface la sonoridad del vacío. La intensidad del momento me fuerza a salir de mí mismo y a dejar atrás ciertas lacras impuestas. El tiempo corre cada vez más deprisa y cada vez más lento en un intento vano de percibir todo lo que me rodea, al mismo tiempo de que perdure el recuerdo en la memoria. La arena y el mar se agitan íntimamente logrando que un ligero hormigueo me recorra el cuerpo desde los pies. Me siento lleno y al mismo tiempo desnudo. Me siento feliz y a la vez cansado como si finalmente hubiera encontrado mi camino después de llevar días perdido y aún así, supiera que todavía me queda mucho recorrido por delante.
Finalmente exhalo el aire retenido y el aliento salado que me abandona resuena como una súplica al aire que pide un nuevo contacto.
Abril 2006

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